Sustancias a modo de texto que, de forma concentrada, se extraen de mí y conservan mis propiedades.
miércoles, 16 de junio de 2010
lunes, 7 de junio de 2010
Que no vuelva a pasar
Que sea la última vez que yo tenga que abrir los ojos. Que no vuelva a ocurrir eso de que se empapen ciertas pupilas. Que no se repita aquello de que alguien tenga ganas de romperme la cabeza contra un vidrio por tu culpa. Que no vuelva a pasar eso de que todo y nada. No tuve palabras para gritar en el momento. No tuve intención de sacarme los ojos por tu ceguera. Sin embargo, ocurrió que así fue. Y para colmo, minutos antes de que vos lo vieras.
No me interesan tus excusas ni tus perdones. Mejor dejalo ahí. Encerrate en tu habitación. Estás castigado por mí, por vos y por todos aquellos que ven lo que vos no sos capaz de captar.
Consumite en la misma mierda de todos los días. Es cosa tuya.
Pero no te olvides de tragarme viva y comerme cruda. No te pienses insuperable. Vos no sos más que lo que yo quiera que seas. Que eso quede claro. Y que sea la última vez que tenga que decírtelo.
No me interesan tus excusas ni tus perdones. Mejor dejalo ahí. Encerrate en tu habitación. Estás castigado por mí, por vos y por todos aquellos que ven lo que vos no sos capaz de captar.
Consumite en la misma mierda de todos los días. Es cosa tuya.
Pero no te olvides de tragarme viva y comerme cruda. No te pienses insuperable. Vos no sos más que lo que yo quiera que seas. Que eso quede claro. Y que sea la última vez que tenga que decírtelo.
Asumido
Moriré sin decirle que lloré por él.
Morirá sin entender por qué.
Moriremos por separado.
Y, aún muerta, lloraré su muerte.
Morirá sin entender por qué.
Moriremos por separado.
Y, aún muerta, lloraré su muerte.
domingo, 30 de mayo de 2010
En la ruta
¿Cuántas veces más podrás caer? Decirte todo bien en la jeta. ¿Cuántas veces más podrás ceder? Vomitarte todo bien en la cara.
Y en algún momento, pa, vas a entender que nada de lo que se escondió entre superficies fue de sábanas. La puta que te parió. Tampoco fue absurdo. La gran puta madre. Esas dos palabras me las meto en el orto, pero me las meto yo. Y vos..., sí, ¡vos!, no te das el gusto de sacármelas de encima.
Miralo, arrancalo, torcelo, tiralo, comelo, escupilo, masticalo, sacalo, adaptalo. Viví con ello y morí en la ignorancia de no ser capaz. Morfame viva cada vez que me veas y tragame cruda cada vez que lo reprimas. Las palabras me las quedo yo. Otra vez te lo digo. ¿Cómo te lo tengo que decir? ¿Cómo mierda te lo tengo que decir?
Amanecerás. Ya amanecerás.
Y me voy como Alfonsina en su mar.
Y en algún momento, pa, vas a entender que nada de lo que se escondió entre superficies fue de sábanas. La puta que te parió. Tampoco fue absurdo. La gran puta madre. Esas dos palabras me las meto en el orto, pero me las meto yo. Y vos..., sí, ¡vos!, no te das el gusto de sacármelas de encima.
Miralo, arrancalo, torcelo, tiralo, comelo, escupilo, masticalo, sacalo, adaptalo. Viví con ello y morí en la ignorancia de no ser capaz. Morfame viva cada vez que me veas y tragame cruda cada vez que lo reprimas. Las palabras me las quedo yo. Otra vez te lo digo. ¿Cómo te lo tengo que decir? ¿Cómo mierda te lo tengo que decir?
Amanecerás. Ya amanecerás.
Y me voy como Alfonsina en su mar.
miércoles, 26 de mayo de 2010
¿Con qué necesidad?
¿Con qué necesidad entraste por ahí? Eso me pregunto. Pudiendo estar detrás, viniste hasta mí. Cómo no querés que me lo pregunte. Si ya no nos apuraba esa soledad, yo te pregunto: ¿con qué necesidad? Y cuando se te cante volver, ¿preferirás correr? Vos solo dijiste "basta".
Yo no sé si inflaste los pulmones y tampoco sé si te sermoneaste mirando el cielo. Yo ya no sé lo que queda. Otra vez volviste a caer.
¿Con qué necesidad se tocó ese botón? Si se sabía que todo iba a estallar. El tiempo no muestra nada, todo vuelve a fallar. ¿El sol está al revés? ¿Eh? ¿Con qué necesidad? Ya sabés qué hay y en cuántas partes podemos dividir toda la historia. Vos solo dijiste que basta.
Dijiste que ibas a inflar los pulmones para no gritar al sermonearte mirando hacia el cielo. No sabemos lo que queda, si es que queda. ¿Otra vez vas a volver a caer? Pero, escuchame, querido... ¿Con qué necesidad?
Yo no sé si inflaste los pulmones y tampoco sé si te sermoneaste mirando el cielo. Yo ya no sé lo que queda. Otra vez volviste a caer.
¿Con qué necesidad se tocó ese botón? Si se sabía que todo iba a estallar. El tiempo no muestra nada, todo vuelve a fallar. ¿El sol está al revés? ¿Eh? ¿Con qué necesidad? Ya sabés qué hay y en cuántas partes podemos dividir toda la historia. Vos solo dijiste que basta.
Dijiste que ibas a inflar los pulmones para no gritar al sermonearte mirando hacia el cielo. No sabemos lo que queda, si es que queda. ¿Otra vez vas a volver a caer? Pero, escuchame, querido... ¿Con qué necesidad?
martes, 18 de mayo de 2010
Tengo ganas de hacerla simple
Me vuelve loca ese pibe. Me gusta, me encanta, me atrae, me divierte, me conoce, lo conozco, me cae en extremo bien y, en determinadas circunstancias, me exita.
Me da bronca no tenerlo. Me encantó cuando lo tuve.
Tener, un verbo un tanto posesivo... No me refiero a eso. Me refiero a tenerlo y que me tenga. Y nos tengamos, así. Desnudos, abrazados, transpirados, agitados, empalmados y garchando y apretando a más no poder y transpirando de nuevo. Lo miro y se me vienen todas esas ideas y esos recuerdos a la cabeza.
Lo veo hablar, lo escucho mirar y le hablo con los ojos. Pero no me escucha. Nunca me escucha. Aunque siempre me mira. Desde ahí arriba, mientras canta, me mira.
¿Qué clase de tarado es? ¿Qué clase de tarada soy? Quizás tenga que ir y morderle los labios. O quizás tenga que esperar a que el muy boludo se deje de joder y me morfe viva.
A su vez, es más. Es más cariño y algo menos carnal. Pero nunca dejaría de ser carnal. Entonces, lo quiero. Y tengo ganas de que me quiera más. Yo también quisiera poder quererlo más. Pero el muy infeliz quiere que lo quieran sin quererse él mismo realmente.
Igual, como hasta ahora ha sucedido..., eventualmente, volverá a amanecer en mi cama. O quizás yo en la suya. Aunque, una cosa no anula la otra.
Me da bronca no tenerlo. Me encantó cuando lo tuve.
Tener, un verbo un tanto posesivo... No me refiero a eso. Me refiero a tenerlo y que me tenga. Y nos tengamos, así. Desnudos, abrazados, transpirados, agitados, empalmados y garchando y apretando a más no poder y transpirando de nuevo. Lo miro y se me vienen todas esas ideas y esos recuerdos a la cabeza.
Lo veo hablar, lo escucho mirar y le hablo con los ojos. Pero no me escucha. Nunca me escucha. Aunque siempre me mira. Desde ahí arriba, mientras canta, me mira.
¿Qué clase de tarado es? ¿Qué clase de tarada soy? Quizás tenga que ir y morderle los labios. O quizás tenga que esperar a que el muy boludo se deje de joder y me morfe viva.
A su vez, es más. Es más cariño y algo menos carnal. Pero nunca dejaría de ser carnal. Entonces, lo quiero. Y tengo ganas de que me quiera más. Yo también quisiera poder quererlo más. Pero el muy infeliz quiere que lo quieran sin quererse él mismo realmente.
Igual, como hasta ahora ha sucedido..., eventualmente, volverá a amanecer en mi cama. O quizás yo en la suya. Aunque, una cosa no anula la otra.
viernes, 14 de mayo de 2010
Recién empezado el 07/05 dije
Puedo morir mil veces. Y mil veces más. quizás, muchas de esas, con esta canmción de fondo. Pero una cosa es segura: el último final será total y completamente distinto.
Después, también me dije
Hay algún lugar del que no me voy. Y tanto hay pendiente que es absurdo esquivarlo todo.
Ya me dije una de las cosas más importantes. Y ese piano no se equivoca, señores.
Lo próximo, eventualmente, llegará. Lo impotante es que ya empecé el trámite.
Me gusta entender lo literario de estas palabras, y me resulta interesante haberlo escuchado.
Tiempo de irse y no sé si se sentirá bien. Hay alguien ahí revoleando ladrillos.
Qué sé yo. Será cuestión de ponerse cómodo.
En el peor de los casos, morirse cuando se esté lleno de vida.
Después, también me dije
Hay algún lugar del que no me voy. Y tanto hay pendiente que es absurdo esquivarlo todo.
Ya me dije una de las cosas más importantes. Y ese piano no se equivoca, señores.
Lo próximo, eventualmente, llegará. Lo impotante es que ya empecé el trámite.
Me gusta entender lo literario de estas palabras, y me resulta interesante haberlo escuchado.
Tiempo de irse y no sé si se sentirá bien. Hay alguien ahí revoleando ladrillos.
Qué sé yo. Será cuestión de ponerse cómodo.
En el peor de los casos, morirse cuando se esté lleno de vida.
lunes, 3 de mayo de 2010
Pequeño pez
De alguna forma, habíamos terminado por consumirnos. Pero, antes de que eso pasara yo le había dicho al oído:
—Quiero ser tu puta — y me hubiese gustado decírselo con los labios pintados de rojo y vestida con brillosos cueros negros.
Después de eso, todo se incineró. No duramos mucho. Él no sabía si irse y mientras dudaba yo ya estaba subiéndome al bondi.
Si algún día me entero de que lo entendió, espero entonces poder disfrutarlo y dejarlo que me disfrute sin quemarnos del todo, sin consumirnos ni un poco.
jueves, 29 de abril de 2010
Yo dije
Pienso que tengo cosas para decir.
Hace rato que no le hablo, igual no contesta. Todavía pretendo estar en algún lado. Y nada pasa. Nada hay. Cada tanto me callo. Otras veces, me dejo llevar. Total, no se me escucha.
Se ha hablado tanto y no se ha dicho nada. Existen sobreentendidos que nos admiten ciertos silencios. Entonces, como quien diría: "callate y hacé lo tuyo". Yo no tengo la culpa de que haya confundido el placer de la carne con un asado familiar. Tomenlo de parte de quién viene: una vegetariana.
Un buen día me dijo algo. Y al día siguiente tuve que ingeniarmelas para llegar hasta mi casa. Finalmente, fue. No del todo, pero fue. Y ha sido divertido.
Ahora hay silencio por todos lados. Y tengo unos auriculares que no andan y otros que suenan horrible. También hay una tos que molesta al humo, unas lágrimas que matan gérmenes, practicidades para trabajar y un dolor que me relaja.
Creí que tenía mejores cosas para decir.
Hace rato que no le hablo, igual no contesta. Todavía pretendo estar en algún lado. Y nada pasa. Nada hay. Cada tanto me callo. Otras veces, me dejo llevar. Total, no se me escucha.
Se ha hablado tanto y no se ha dicho nada. Existen sobreentendidos que nos admiten ciertos silencios. Entonces, como quien diría: "callate y hacé lo tuyo". Yo no tengo la culpa de que haya confundido el placer de la carne con un asado familiar. Tomenlo de parte de quién viene: una vegetariana.
Un buen día me dijo algo. Y al día siguiente tuve que ingeniarmelas para llegar hasta mi casa. Finalmente, fue. No del todo, pero fue. Y ha sido divertido.
Ahora hay silencio por todos lados. Y tengo unos auriculares que no andan y otros que suenan horrible. También hay una tos que molesta al humo, unas lágrimas que matan gérmenes, practicidades para trabajar y un dolor que me relaja.
Creí que tenía mejores cosas para decir.
martes, 27 de abril de 2010
Recurre que no es poco
Contra el colchón, el piso, la pared, el rincón, el piso, la pared, el colchón.
Ni estábamos en condiciones ni teníamos ganas de dejarlo pasar.
Él había recurrido a mí. Después de vaya uno a saber qué fue lo que pasó, recurrió a mí. Y yo..., bajé la caja del placard.
No he decidido aún si decir que sí o si decir que no. No he logrado formular, todavía, la conclusión final y convincente. Como si de alguna forma todo estuviese abierto. Al mismo tiempo, entiendo que nada ha quedado claro.
Me faltan partes. Me quedan salidas. Tengo ideas. Entiendo determinados actos. Pero como si nada fuese mucho y como si todo fuera poco, no estoy a la altura de la circunstancia.
Entonces, profundizo. Explicaciones hay. Que sean estas coherentes o no es otro tema.
Pero todavía me duele el cuerpo. Entonces, me acuerdo de ciertos momentos cuan si fuesen oraciones sueltas marcadas con un resaltador que no anda muy bien.
Un arma se disparó, un globo estalló y una canción terminó.
Ideas imaginadas. Imágenes idealizadas. Todo envuelto en una realidad de agotamiento multiplicado por presiones más una resaca por venir. Pudo haberse disfrutado más.
Como resumen, les puedo decir lo siguiente:
Es bruto. Es un hijo de puta. Es chico, sí. Pero es un bruto, hijo de puta. Eso me encantó y se lo tengo que admitir.
Contra el colchón, el piso, la pared, el rincón, el piso, la pared, el colchón.
Ni estábamos en condiciones ni teníamos ganas de dejarlo pasar.
Eso fue lo que pasó.
Ni estábamos en condiciones ni teníamos ganas de dejarlo pasar.
Él había recurrido a mí. Después de vaya uno a saber qué fue lo que pasó, recurrió a mí. Y yo..., bajé la caja del placard.
No he decidido aún si decir que sí o si decir que no. No he logrado formular, todavía, la conclusión final y convincente. Como si de alguna forma todo estuviese abierto. Al mismo tiempo, entiendo que nada ha quedado claro.
Me faltan partes. Me quedan salidas. Tengo ideas. Entiendo determinados actos. Pero como si nada fuese mucho y como si todo fuera poco, no estoy a la altura de la circunstancia.
Entonces, profundizo. Explicaciones hay. Que sean estas coherentes o no es otro tema.
Pero todavía me duele el cuerpo. Entonces, me acuerdo de ciertos momentos cuan si fuesen oraciones sueltas marcadas con un resaltador que no anda muy bien.
Un arma se disparó, un globo estalló y una canción terminó.
Ideas imaginadas. Imágenes idealizadas. Todo envuelto en una realidad de agotamiento multiplicado por presiones más una resaca por venir. Pudo haberse disfrutado más.
Como resumen, les puedo decir lo siguiente:
Es bruto. Es un hijo de puta. Es chico, sí. Pero es un bruto, hijo de puta. Eso me encantó y se lo tengo que admitir.
Contra el colchón, el piso, la pared, el rincón, el piso, la pared, el colchón.
Ni estábamos en condiciones ni teníamos ganas de dejarlo pasar.
Eso fue lo que pasó.
sábado, 10 de abril de 2010
Cosas de la vida...
Pero, yo no me olvido que el día del cumpleaños de ella, él me dijo que disfrutaría muchísimo más estando conmigo.
jueves, 8 de abril de 2010
Casualmente...
Estaba a punto de contar una de esas historias de veranos de años pasados que contenía varias cosas divertidas. Una historia copada, realmente. Hasta el día de hoy se le siguen agregando anécdotas pequeñas que la hacen crecer y ponerse linda como si se arreglase con ropa de salir y se pusiese perfume y un poco de maquillaje.
El punto es que el relato de esta historia hubiese empezado con un posteo sobre el primer encuentro carnal. Es decir, hubiésemos ido directamente a lo interesante. Y para esto, yo hubiese dicho algo similar a lo siguiente: "(...)y eso fue lo más parecido que tuve en mi vida al sexo casual". Obviamente, con alguna moraleja al final o un pie para seguir agregando puchitos de toda esta historieta, ¿no? Y que quede todo lindo y poético, incluso tierno para algunos –algunas, más que nada–.
Pero, ¿qué pasa? Pasa que, mientras armaba el relato en mi cabeza, me acordé de algo que durante todos estos años no me había acordado.
¿De qué? Y, de que esto ya había ocurrido con algún alguien que jamás volví –ni volveré– a ver, y tengo serias dudas de que me acuerde bien de su nombre –en caso de que me haya dicho su nombre real–.
Entonces, lo más parecido que tuve en mi vida al sexo casual fue, justamente, sexo casual.
¡Qué loco! Justo cuando pensaba que, hasta ahora, ya lo sabía todo de mí.
El punto es que el relato de esta historia hubiese empezado con un posteo sobre el primer encuentro carnal. Es decir, hubiésemos ido directamente a lo interesante. Y para esto, yo hubiese dicho algo similar a lo siguiente: "(...)y eso fue lo más parecido que tuve en mi vida al sexo casual". Obviamente, con alguna moraleja al final o un pie para seguir agregando puchitos de toda esta historieta, ¿no? Y que quede todo lindo y poético, incluso tierno para algunos –algunas, más que nada–.
Pero, ¿qué pasa? Pasa que, mientras armaba el relato en mi cabeza, me acordé de algo que durante todos estos años no me había acordado.
¿De qué? Y, de que esto ya había ocurrido con algún alguien que jamás volví –ni volveré– a ver, y tengo serias dudas de que me acuerde bien de su nombre –en caso de que me haya dicho su nombre real–.
Entonces, lo más parecido que tuve en mi vida al sexo casual fue, justamente, sexo casual.
¡Qué loco! Justo cuando pensaba que, hasta ahora, ya lo sabía todo de mí.
miércoles, 17 de marzo de 2010
Relato desde algún vagón abandonado
Llegamos, dejamos que las birras se enfríen un poco más y nos sentamos a fumar un pucho.
Charlamos de todas esas cotidianeidades que nunca nos contamos bien cómo se habían ido sucediendo. Después charlamos un poco de mi último viaje y de alguna que otra historia o anécdota que tuviese alguna relación con el tema.
Una vez frescas las rubias, servimos unos maníes y nos pusimos un poco más cómodos –comodidad que seguramente venía de la mano con la cerveza. Cuan si fuese alguna especie de promoción de esas que no son válidas, generalmente, en la provincia de Córdoba–.
En algún momento, ya con la segunda birra a medio tomar, el cenicero bastante lleno y con los maníes ocupando menos de la mitad del espacio que habían ocupado en el plato, nos dijimos todo lo que teníamos ganas de decirnos.
Preguntó y contesté. Le conté y me contó. Dio razones y motivos. Demostré con palabras que no me permitía ser egoísta cuando de él se trataba. Aclaró lo que creía que era correcto hacer. Accedí a su decisión –no me permito ser egoísta cuando de él se trata–. Coincidimos en la absurda falta de comunicación que hubo todo este tiempo. Di explicaciones y pedí perdones. Confesó haber comprado frutillas para mí. Anudé mi estómago. Guardamos silencio. Me dijo que me quería mucho. A mí me hubiese gustado decirle que yo también a él –horrores me cuesta expresar ciertas cosas. Mecanismo de defensa, quizás le llamen a eso–. Repetimos palabras ya dichas en alguna isla. Después repitió que me quería muchísimo –otra vez no me salió–, agregó que siempre me iba a querer y finalizamos esa parte de la charla cuando me dijo:
—Y es así. Vos estabas AHÍ. Estás AHÍ. Siempre vas a estar AHÍ.
Silencio. Y cuando no tomábamos sorbos de birra, pitábamos un cigarro. Silencio. Miradas, vaso, humo y silencio. Silencio que se quebró ante la petición de un abrazo. Abrazo de minutos eternos. Abrazo que fue largo, cariñoso, protector..., fue hermoso. Momento fuera de tiempo. Y después, silla y silencio.
Se acercó, no mucho, pero se acercó y me acarició el brazo. Después la pierna. Y el brazo de nuevo. Y miraba mis manos, mis ojos, su mano, mi boca, mi pelo, el piso, la mesa, el vaso, mis ojos, mis manos, mis piernas, mis ojos, mis pies, el piso, la mesa...
Balbuceó un poco y después me dijo que él no quería molestarme. Suspiró. Yo le dije que no lo hacía y agaché cabeza.
Levanté la mirada, me crucé con sus ojos y le dije que estaba todo más que claro y que no me jodía para nada. Asumo que soné convincente –¡ey! No mentí. Digamos que "no me jode" ya que, repito, no me dejo ser egoísta cuando de él se trata–, porque al instante se acercó un poco más, yo lo acerqué más y nos dimos un beso.
Disfrutamos mucho ese beso. Lo disfrutamos con sus manos en mi cara y las mías en su cuello. Lo disfrutamos como si hubiesen pasado años desde nuestro último beso —digamos dos años y algunos meses, si los pone mejor en contexto–.
Entonces, no aguantamos. Y nos desnudamos el uno al otro. Y no quedó lugar de nuestros cuerpos que no haya sido acariciado. Y nos empapamos de nuestras lenguas y de nuestras manos. Nos desparramamos entre las sábanas y no nos dejamos frenar por nada –cuando aparece el recuerdo de esa escena, me obliga a cerrar los ojos y me dibuja una sonrisa de satisfacción–. Dos cuerpos se desarmaban y se volvían a formar. Se unían y se separaban, constantemente. Se degustaban y se estremecían, incesantemente. Morían, nacían. Pero, no paraban. Frotes, jadeos, suspiros, roces, gemidos, besos, sudores, fuertes respiraciones y cambios de plano. Hasta que un éxtasis de fluidos puso fin a ese espectáculo de regocijo.
Durante una noche fuimos lo de siempre. Eso mismo que nunca fuimos. Y en algún punto me sentí en deuda por eso. Quise recompensarlo, quise darle un regalo. Algo mío, algo que disfrute, algo que le quede guardado en alguna caja de su memoria y que pueda recordarlo de la manera que más guste, cuando quiera –y no me iba a levantar de la cama a cocinar, ponele–. Entonces, le cedí mi boca. Le regalé placer. Le ofrecí sentirme y me permití sentirlo. Lo mimé –o como más te guste decrilo–.
Hermoso fue saber que le gustó, que lo disfrutó, que me disfrutó. Me encantó cómo lo confesó después. Me encantó haberlo sentido.
La mañana llegó con una valija llena de responsabilidades y el timbre que tocó sonó igual a su despertador. Ya de vuelta en el mundo cotidiano, nos dedicamos unos silencios y unas miradas que delataban un futuro ya predicho.
Caminamos en silencio hasta aquella esquina punto de encuentro y de despedida. Al llegar, nos dimos un abrazo y al separarnos se desató un diálogo similar al siguiente:
—Hablamos —.Dijo.
—Dale —. Respondí.
—Cuidate.
—Vos también.
Una vez más, crucé la avenida y continué mi camino sin mirar atrás.
Esta vez, yo me quedé sentada al costado de las vías, mirando cómo se alejaba el tren. Pero, una vez yo también fui tren y entiendo que es probable que vuelva a pasar. No sé dónde me encontraré para ese entonces. Lo único que sé es que este vagón es mío, así abandonado como está y es una de las cosas más antiguas y hermosas que me pueden quedar guardadas dentro de alguna de esas cajas sobre el placard.
Charlamos de todas esas cotidianeidades que nunca nos contamos bien cómo se habían ido sucediendo. Después charlamos un poco de mi último viaje y de alguna que otra historia o anécdota que tuviese alguna relación con el tema.
Una vez frescas las rubias, servimos unos maníes y nos pusimos un poco más cómodos –comodidad que seguramente venía de la mano con la cerveza. Cuan si fuese alguna especie de promoción de esas que no son válidas, generalmente, en la provincia de Córdoba–.
En algún momento, ya con la segunda birra a medio tomar, el cenicero bastante lleno y con los maníes ocupando menos de la mitad del espacio que habían ocupado en el plato, nos dijimos todo lo que teníamos ganas de decirnos.
Preguntó y contesté. Le conté y me contó. Dio razones y motivos. Demostré con palabras que no me permitía ser egoísta cuando de él se trataba. Aclaró lo que creía que era correcto hacer. Accedí a su decisión –no me permito ser egoísta cuando de él se trata–. Coincidimos en la absurda falta de comunicación que hubo todo este tiempo. Di explicaciones y pedí perdones. Confesó haber comprado frutillas para mí. Anudé mi estómago. Guardamos silencio. Me dijo que me quería mucho. A mí me hubiese gustado decirle que yo también a él –horrores me cuesta expresar ciertas cosas. Mecanismo de defensa, quizás le llamen a eso–. Repetimos palabras ya dichas en alguna isla. Después repitió que me quería muchísimo –otra vez no me salió–, agregó que siempre me iba a querer y finalizamos esa parte de la charla cuando me dijo:
—Y es así. Vos estabas AHÍ. Estás AHÍ. Siempre vas a estar AHÍ.
Silencio. Y cuando no tomábamos sorbos de birra, pitábamos un cigarro. Silencio. Miradas, vaso, humo y silencio. Silencio que se quebró ante la petición de un abrazo. Abrazo de minutos eternos. Abrazo que fue largo, cariñoso, protector..., fue hermoso. Momento fuera de tiempo. Y después, silla y silencio.
Se acercó, no mucho, pero se acercó y me acarició el brazo. Después la pierna. Y el brazo de nuevo. Y miraba mis manos, mis ojos, su mano, mi boca, mi pelo, el piso, la mesa, el vaso, mis ojos, mis manos, mis piernas, mis ojos, mis pies, el piso, la mesa...
Balbuceó un poco y después me dijo que él no quería molestarme. Suspiró. Yo le dije que no lo hacía y agaché cabeza.
Levanté la mirada, me crucé con sus ojos y le dije que estaba todo más que claro y que no me jodía para nada. Asumo que soné convincente –¡ey! No mentí. Digamos que "no me jode" ya que, repito, no me dejo ser egoísta cuando de él se trata–, porque al instante se acercó un poco más, yo lo acerqué más y nos dimos un beso.
Disfrutamos mucho ese beso. Lo disfrutamos con sus manos en mi cara y las mías en su cuello. Lo disfrutamos como si hubiesen pasado años desde nuestro último beso —digamos dos años y algunos meses, si los pone mejor en contexto–.
Entonces, no aguantamos. Y nos desnudamos el uno al otro. Y no quedó lugar de nuestros cuerpos que no haya sido acariciado. Y nos empapamos de nuestras lenguas y de nuestras manos. Nos desparramamos entre las sábanas y no nos dejamos frenar por nada –cuando aparece el recuerdo de esa escena, me obliga a cerrar los ojos y me dibuja una sonrisa de satisfacción–. Dos cuerpos se desarmaban y se volvían a formar. Se unían y se separaban, constantemente. Se degustaban y se estremecían, incesantemente. Morían, nacían. Pero, no paraban. Frotes, jadeos, suspiros, roces, gemidos, besos, sudores, fuertes respiraciones y cambios de plano. Hasta que un éxtasis de fluidos puso fin a ese espectáculo de regocijo.
Durante una noche fuimos lo de siempre. Eso mismo que nunca fuimos. Y en algún punto me sentí en deuda por eso. Quise recompensarlo, quise darle un regalo. Algo mío, algo que disfrute, algo que le quede guardado en alguna caja de su memoria y que pueda recordarlo de la manera que más guste, cuando quiera –y no me iba a levantar de la cama a cocinar, ponele–. Entonces, le cedí mi boca. Le regalé placer. Le ofrecí sentirme y me permití sentirlo. Lo mimé –o como más te guste decrilo–.
Hermoso fue saber que le gustó, que lo disfrutó, que me disfrutó. Me encantó cómo lo confesó después. Me encantó haberlo sentido.
La mañana llegó con una valija llena de responsabilidades y el timbre que tocó sonó igual a su despertador. Ya de vuelta en el mundo cotidiano, nos dedicamos unos silencios y unas miradas que delataban un futuro ya predicho.
Caminamos en silencio hasta aquella esquina punto de encuentro y de despedida. Al llegar, nos dimos un abrazo y al separarnos se desató un diálogo similar al siguiente:
—Hablamos —.Dijo.
—Dale —. Respondí.
—Cuidate.
—Vos también.
Una vez más, crucé la avenida y continué mi camino sin mirar atrás.
Esta vez, yo me quedé sentada al costado de las vías, mirando cómo se alejaba el tren. Pero, una vez yo también fui tren y entiendo que es probable que vuelva a pasar. No sé dónde me encontraré para ese entonces. Lo único que sé es que este vagón es mío, así abandonado como está y es una de las cosas más antiguas y hermosas que me pueden quedar guardadas dentro de alguna de esas cajas sobre el placard.
domingo, 7 de marzo de 2010
viernes, 5 de marzo de 2010
Así de la nada
Sólo espero que él esté disfrutando de esa tuquera que le regalé así como yo de la que me quedé.
lunes, 1 de marzo de 2010
Gran extracto
"(...)antes de morirme me gustaría estar con una chica. (...) porque en la vida hay que probar todo. (...) Y tengo un poco de miedo de que me guste".
Eso lo dijo una señorita que, aparentemente, es conocida en el ambiente mediático –poco y nada sé sobre el tema– porque la estaban entrevistando en una radio de esas que se escuchan en la oficina cuando se le hace random al dial. Y fue un comentario que generó polémica en el programa de turno.
¡Qué tanto! No sé cuántos veinti o treinti tenía esa mujer, pero con mis veintiuno a mitad de camino ese tipo de cosas ya las taché.
Entiendo que mi promiscuidad para algunas cosas no es así de común en todos y que algunas personas pueden tener un poco más de pudor. Pero, vamos. Si es un deseo de esa magnitud, es inentendible que todavía no lo haya hecho. Gustarte, te va a gustar, ma. No te digo que abandonarás y rechazarás a la clásica forma fálica de carne y piel. Son dos cosas distintas.
Mi consejo para esta muchacha: Dale que va. Sacate las ganas. El sexo todo es lindo y divertido. Con hombres, con muejeres, entre varios, o con uno mismo nada más. Así que, divertite. Y que antes de morir desees hacer algo muchísimo más extravagante. Porque en la vida hay que probar todo...
Eso lo dijo una señorita que, aparentemente, es conocida en el ambiente mediático –poco y nada sé sobre el tema– porque la estaban entrevistando en una radio de esas que se escuchan en la oficina cuando se le hace random al dial. Y fue un comentario que generó polémica en el programa de turno.
¡Qué tanto! No sé cuántos veinti o treinti tenía esa mujer, pero con mis veintiuno a mitad de camino ese tipo de cosas ya las taché.
Entiendo que mi promiscuidad para algunas cosas no es así de común en todos y que algunas personas pueden tener un poco más de pudor. Pero, vamos. Si es un deseo de esa magnitud, es inentendible que todavía no lo haya hecho. Gustarte, te va a gustar, ma. No te digo que abandonarás y rechazarás a la clásica forma fálica de carne y piel. Son dos cosas distintas.
Mi consejo para esta muchacha: Dale que va. Sacate las ganas. El sexo todo es lindo y divertido. Con hombres, con muejeres, entre varios, o con uno mismo nada más. Así que, divertite. Y que antes de morir desees hacer algo muchísimo más extravagante. Porque en la vida hay que probar todo...
domingo, 28 de febrero de 2010
Numen
Adjudicándole todas estas palabras al fernet –siendo esta una sutil forma de justificar esta sinceridad–, te digo: sos un hijo de puta.
Sí, un hijo de puta. Porque eso no se hace. Debería ser inconstitucional. No digo ilegal, porque más de una de las cosas que hago son ilegales, aunque no deberían.
No es aceptable desde ningún punto de vista hacer lo que hiciste. No a mí. No a alguien como yo.
Viniste y, con palabras, me violaste. No, no te acuso ni te denuncio. La realidad es que no fue violación. Ambos consensuamos ese mismo acto. Estuvimos de acuerdo. Me corrijo entonces, y te digo que me garchaste. Y yo me dejé.
Más de una vez me acordé, textualmente, de tus palabras. Más de una vez expresé a modo escrito y oral la forma en que me sentí cuando leí lo que me habías dicho. Y puedo citarlo sin ningún problema, sin modificar un fonema siquiera.
"Me vienen recurrentes ganas de acostarme con vos y el colchón no me parece de lo más copado".
¿Cómo podría pasar desapercibido? Nunca nadie me dijo algo tan así. Tan puro, explícito, vulgar y tentador.
Te pago con la misma moneda. Vos viniste y me lo dijiste con algún porcentaje de alcohol y vaya uno a saber qué más en tu sistema. Yo hago lo mismo. Me bajo tres o cuatro copones de fernet y te escribo.
Te escribo que no acepto el hecho de que me hayas poseído en palabras y que después queden las ideas y ganas tiradas en la calle sobre una pila de cartones y muebles rotos que ya no sirven. Ni siquiera en un container. En la calle, en la vereda, en alguna esquina que sea un basural, donde la municipalidad se haya limitado a poner una virgen, pero que en nada cambia las cosas. Lanús está llena de esas, la localidad es un santuario. Entonces, ¿te das una idea de lo absurdo que se ve desde este lado? Un desperdicio, una molestia. Contaminado, todo contaminado.
Aceptaría que lo recicles. Que lo dejes guardado en alguna caja para después. Como esas cosas que se guardan porque se sabe que en algún momento pueden servir.
Pero, no. Ni siquiera puedo ocupar lugar al pedo. Hay quienes se sienten molestos con guardar porquerías. Y lo entiendo, aunque yo soy de esas que guardan.
Me escribiste, en ese acto me garchaste y después te fuiste. Asumo que razones bien válidas tendrás. No interesa cuáles. No pido explicaciones. Tampoco las doy cuando no es necesario.
El punto final es que la recurrencia ahora es sólo mía y sólo para que quede un regisro de esto, te digo que yo sí la guardo en una de mis cajas de cartón que pongo sobre el placard junto con muchas otras cosas que en algún momento sacaré de ahí para usar. Pero en este caso particular, el que tiene la voz de mando sos vos. Cuando quieras. Cuando seas gustoso de que baje esa caja, avisame. Y, de una buena vez, que no sea con palabras. Terminá lo que empezaste de la manera en que correspondería.
Sí, un hijo de puta. Porque eso no se hace. Debería ser inconstitucional. No digo ilegal, porque más de una de las cosas que hago son ilegales, aunque no deberían.
No es aceptable desde ningún punto de vista hacer lo que hiciste. No a mí. No a alguien como yo.
Viniste y, con palabras, me violaste. No, no te acuso ni te denuncio. La realidad es que no fue violación. Ambos consensuamos ese mismo acto. Estuvimos de acuerdo. Me corrijo entonces, y te digo que me garchaste. Y yo me dejé.
Más de una vez me acordé, textualmente, de tus palabras. Más de una vez expresé a modo escrito y oral la forma en que me sentí cuando leí lo que me habías dicho. Y puedo citarlo sin ningún problema, sin modificar un fonema siquiera.
"Me vienen recurrentes ganas de acostarme con vos y el colchón no me parece de lo más copado".
¿Cómo podría pasar desapercibido? Nunca nadie me dijo algo tan así. Tan puro, explícito, vulgar y tentador.
Te pago con la misma moneda. Vos viniste y me lo dijiste con algún porcentaje de alcohol y vaya uno a saber qué más en tu sistema. Yo hago lo mismo. Me bajo tres o cuatro copones de fernet y te escribo.
Te escribo que no acepto el hecho de que me hayas poseído en palabras y que después queden las ideas y ganas tiradas en la calle sobre una pila de cartones y muebles rotos que ya no sirven. Ni siquiera en un container. En la calle, en la vereda, en alguna esquina que sea un basural, donde la municipalidad se haya limitado a poner una virgen, pero que en nada cambia las cosas. Lanús está llena de esas, la localidad es un santuario. Entonces, ¿te das una idea de lo absurdo que se ve desde este lado? Un desperdicio, una molestia. Contaminado, todo contaminado.
Aceptaría que lo recicles. Que lo dejes guardado en alguna caja para después. Como esas cosas que se guardan porque se sabe que en algún momento pueden servir.
Pero, no. Ni siquiera puedo ocupar lugar al pedo. Hay quienes se sienten molestos con guardar porquerías. Y lo entiendo, aunque yo soy de esas que guardan.
Me escribiste, en ese acto me garchaste y después te fuiste. Asumo que razones bien válidas tendrás. No interesa cuáles. No pido explicaciones. Tampoco las doy cuando no es necesario.
El punto final es que la recurrencia ahora es sólo mía y sólo para que quede un regisro de esto, te digo que yo sí la guardo en una de mis cajas de cartón que pongo sobre el placard junto con muchas otras cosas que en algún momento sacaré de ahí para usar. Pero en este caso particular, el que tiene la voz de mando sos vos. Cuando quieras. Cuando seas gustoso de que baje esa caja, avisame. Y, de una buena vez, que no sea con palabras. Terminá lo que empezaste de la manera en que correspondería.
jueves, 25 de febrero de 2010
(...)
"Ya estoy un poco grande como para seguir siendo tan hija de puta. Por otro lado, todavía no creo que alguno sea capaz de solucionarme".
Problema resuelto.
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