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martes, 30 de agosto de 2011

Yo dejé el vagón y ahora estoy en algún descampado

Yo no quería que nadie me viniera con el pronto final feliz.
Y ahora estás acá, pidiendome con palabras que no dijiste que me quede con vos, y que te escuche, y que te sienta y que te deje tener tu libertad. Pero resulta que tu libertad es una de esas prisiones mías. Y yo no quería que alguien me viniera con el pronto final feliz.
Yo no dejo de quererte. Vos sos todavía como ese tren. Pero yo tengo ganas de que pase toda una vida antes de cruzarme con tu vía de nuevo.
En todo momento fui clara, yo nunca oculté como era mi presente. Yo usé las palabras clave y vos viste que yo no mentía.
Sé que no estás enojado. Pero espero que me hayas entendido.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Relato desde algún vagón abandonado

Llegamos, dejamos que las birras se enfríen un poco más y nos sentamos a fumar un pucho.
Charlamos de todas esas cotidianeidades que nunca nos contamos bien cómo se habían ido sucediendo. Después charlamos un poco de mi último viaje y de alguna que otra historia o anécdota que tuviese alguna relación con el tema.
Una vez frescas las rubias, servimos unos maníes y nos pusimos un poco más cómodos –comodidad que seguramente venía de la mano con la cerveza. Cuan si fuese alguna especie de promoción de esas que no son válidas, generalmente, en la provincia de Córdoba–.
En algún momento, ya con la segunda birra a medio tomar, el cenicero bastante lleno y con los maníes ocupando menos de la mitad del espacio que habían ocupado en el plato, nos dijimos todo lo que teníamos ganas de decirnos.
Preguntó y contesté. Le conté y me contó. Dio razones y motivos. Demostré con palabras que no me permitía ser egoísta cuando de él se trataba. Aclaró lo que creía que era correcto hacer. Accedí a su decisión –no me permito ser egoísta cuando de él se trata–. Coincidimos en la absurda falta de comunicación que hubo todo este tiempo. Di explicaciones y pedí perdones. Confesó haber comprado frutillas para mí. Anudé mi estómago. Guardamos silencio. Me dijo que me quería mucho. A mí me hubiese gustado decirle que yo también a él –horrores me cuesta expresar ciertas cosas. Mecanismo de defensa, quizás le llamen a eso–. Repetimos palabras ya dichas en alguna isla. Después repitió que me quería muchísimo –otra vez no me salió–, agregó que siempre me iba a querer y finalizamos esa parte de la charla cuando me dijo:
—Y es así. Vos estabas AHÍ. Estás AHÍ. Siempre vas a estar AHÍ.
Silencio. Y cuando no tomábamos sorbos de birra, pitábamos un cigarro. Silencio. Miradas, vaso, humo y silencio. Silencio que se quebró ante la petición de un abrazo. Abrazo de minutos eternos. Abrazo que fue largo, cariñoso, protector..., fue hermoso. Momento fuera de tiempo. Y después, silla y silencio.
Se acercó, no mucho, pero se acercó y me acarició el brazo. Después la pierna. Y el brazo de nuevo. Y miraba mis manos, mis ojos, su mano, mi boca, mi pelo, el piso, la mesa, el vaso, mis ojos, mis manos, mis piernas, mis ojos, mis pies, el piso, la mesa...
Balbuceó un poco y después me dijo que él no quería molestarme. Suspiró. Yo le dije que no lo hacía y agaché cabeza.
Levanté la mirada, me crucé con sus ojos y le dije que estaba todo más que claro y que no me jodía para nada. Asumo que soné convincente –¡ey! No mentí. Digamos que "no me jode" ya que, repito, no me dejo ser egoísta cuando de él se trata–, porque al instante se acercó un poco más, yo lo acerqué más y nos dimos un beso.
Disfrutamos mucho ese beso. Lo disfrutamos con sus manos en mi cara y las mías en su cuello. Lo disfrutamos como si hubiesen pasado años desde nuestro último beso —digamos dos años y algunos meses, si los pone mejor en contexto–.
Entonces, no aguantamos. Y nos desnudamos el uno al otro. Y no quedó lugar de nuestros cuerpos que no haya sido acariciado. Y nos empapamos de nuestras lenguas y de nuestras manos. Nos desparramamos entre las sábanas y no nos dejamos frenar por nada –cuando aparece el recuerdo de esa escena, me obliga a cerrar los ojos y me dibuja una sonrisa de satisfacción–. Dos cuerpos se desarmaban y se volvían a formar. Se unían y se separaban, constantemente. Se degustaban y se estremecían, incesantemente. Morían, nacían. Pero, no paraban. Frotes, jadeos, suspiros, roces, gemidos, besos, sudores, fuertes respiraciones y cambios de plano. Hasta que un éxtasis de fluidos puso fin a ese espectáculo de regocijo.
Durante una noche fuimos lo de siempre. Eso mismo que nunca fuimos. Y en algún punto me sentí en deuda por eso. Quise recompensarlo, quise darle un regalo. Algo mío, algo que disfrute, algo que le quede guardado en alguna caja de su memoria y que pueda recordarlo de la manera que más guste, cuando quiera –y no me iba a levantar de la cama a cocinar, ponele–. Entonces, le cedí mi boca. Le regalé placer. Le ofrecí sentirme y me permití sentirlo. Lo mimé –o como más te guste decrilo–.
Hermoso fue saber que le gustó, que lo disfrutó, que me disfrutó. Me encantó cómo lo confesó después. Me encantó haberlo sentido.
La mañana llegó con una valija llena de responsabilidades y el timbre que tocó sonó igual a su despertador. Ya de vuelta en el mundo cotidiano, nos dedicamos unos silencios y unas miradas que delataban un futuro ya predicho.
Caminamos en silencio hasta aquella esquina punto de encuentro y de despedida. Al llegar, nos dimos un abrazo y al separarnos se desató un diálogo similar al siguiente:
—Hablamos —.Dijo.
—Dale —. Respondí.
—Cuidate.
—Vos también.
Una vez más, crucé la avenida y continué mi camino sin mirar atrás.
Esta vez, yo me quedé sentada al costado de las vías, mirando cómo se alejaba el tren. Pero, una vez yo también fui tren y entiendo que es probable que vuelva a pasar. No sé dónde me encontraré para ese entonces. Lo único que sé es que este vagón es mío, así abandonado como está y es una de las cosas más antiguas y hermosas que me pueden quedar guardadas dentro de alguna de esas cajas sobre el placard.

martes, 26 de enero de 2010

De espaldas a la avenida

Me llegó un mail. Un mail que me pedía una última reunión, una última vez para verme, tocarme, sentirme y por fin decirme "chau", pero de manera memorable. Respondí accediendo. Si había algo que él se merecía era poder despedirse de la que le pareciera la mejor manera posible.
Yo no me había portado de lo mejor. En realidad, ni siquiera me había portado. No hice nada más que dejarlo sin motivo aparente. Claro que, mi abandono podría haber sido para él por algún motivo relacionado con lo mismo que a él lo alejaba de mí. Pero, no. A mí no me importaba tanto aquello, aunque a él sí. Y si bien yo hubiese podido manejarlo, supuse que él no. Entonces, me fui y mientras me iba decidí tomar una mala decisión. Una de esas que a la larga se sienten en el cuerpo, en el fondo, en la mente y en el tiempo.
Entonces, le di la opotunidad de que me dé una oportunidad.
El punto de encuentro estaba lleno de gente; gente preocupada por sus asuntos, metida en sus problemas. Gente a la que nosotros no le llamábamos la atención, aunque entre él y yo sabíamos que al vernos, el resto iba a desaparecer. Dejarían de estar ahí con sus apuros, con sus problemas, con sus asuntos. Serían ellos los que no nos llamarían la atención.
Y nos vimos de esquina a esquina. Y nos encontramos en aquella parada de colectivo pactada con anterioridad en esa conversación por mails.
No charlamos mucho. Supongo que no teníamos mucho para decir. Los dos sabíamos que sería raro charlar más de lo necesario, por lo menos en ese momento.
El viaje no fue muy largo, tampoco muy corto. Fue suficiente como para que me abrace y yo repose mi cabeza en su hombro.
Llegamos a aquella casa enorme, solitaria aquel día. Tomamos algo, hacía calor en esa época. Me mostró un piano muy lindo que estaba ahí guardado. Le pareció que seguramente me gustaría verlo y no se equivocó. Fue un lindo gesto y un hermoso piano.
Se acercó, me acercó hacia él y me besó. Me besó como si yo fuera lo más suyo en este mundo. Me besó con su brazo rodeando mi cintura, y mi mano se posó en su cuello. Me besó por un rato y después me llevó de la mano al pie de la escalera. Me dio otro beso y sin soltar mi mano subió por aquella escalera de madera. Entramos en una habitación bastante iluminada. Claro, era plena tarde de octubre. El sol se asomaba por entre las nubes grises, pero sin que se opaque su luz. Nos acomodamos, nos acostamos, nos besamos, nos acariciamos, nos desvestimos despacio pero con ansias y nos seguimos besando, por todos lados, claro está.
Y nos tocamos, y el sexo oral no se hizo esperar, y transpirábamos, y jadeábamos... Finalmente, nos unimos. Nos unimos con deseo, con placer, con bronca, con pasión. Como un beso de chau, un abrazo de adiós. Como si fuera una puteada que al instante la continúa un "te quiero". Pero sin palabras. Jamás una palabra. Y menos, una palabra de esas.
Y terminó. Todo terminó: la relación, el coito, la tarde, él y yo.
Nos dormimos por un rato. Nos enmarañamos en los brazos del otro y nos relajamos.
Se acercaba el momento en que el telón se cerraría y tendríamos que dejar de actuar como amantes. Y el fin del escenario no era la casa, ni el colectivo. El fin de eso sería la parada en la que bajaríamos. La calle ya era parte de la vida cotidiana. El puente lo cruzamos como amigos, y en la avenida nos despedimos como si uno de los dos se fuera muy lejos y por mucho tiempo.
—Cuidate mucho —me dijo—. Nos vemos.
Esa fue la segunda vez que nos despedimos. Está vez y por última vez definitivamente, hasta hoy, por lo menos.
Después de cruzar la avenida que nos separaba no volví a mirar para atrás y desaparecí ante la vista de aquel tráfico metiéndome por las calles tranquilas que nacen o terminan en ese caudal de autos y gente.
De vez en cuando charlamos un poco. Me cuenta algo de su vida y yo le cuento muy poco de la mía.
Después de haberlo dejado ahí con su abrazo, con mi perfume, con el calor de próximo verano y con la frescura de habernos hundido en el otro durante horas; me fui a la casa de esa persona a la que yo le había permitido ponerme un título, por más que no mereciera ni siquiera titularme. Llegué, lo saludé con un beso simple y seco en los labios. Y con toda la naturalidad que pude, le conté un día que en realidad no había vivido y que tampoco contenía las mismas sensaciones y pasiones que el que en realidad había ocurrido.
Esa fue la primera vez que supe que en realidad esa relación no me importaba como debería importarme. Y ese fue el punto de quiebre en toda la historieta que vino después.
Ciertamente y para finalizar, yo seguí siendo el tren de carga. Él todavía no lo sabe. Y quizás, algún día, me vuelva a ver pasar.

lunes, 25 de enero de 2010

Un año después

Una vez, estaba en un bar con una amiga y un amigo y otra gente conocida que daba vueltas por ahí. Ya eran cerca de las cuatro de la mañana y yo, aún habiendo pasado casi un año de haberlo visto y haber estado en su cama, le mandé un mensaje.
Un año. Había pasado un año de que nos veíamos en su casa y entre algunos cigarros de tabaco y otros de marihuana, entre unos mates y algunas charlas, hacíamos el amor. Un año sin que eso pasara. Un año en el que yo había hecho unos extensos y memorables viajes, y en todo ese tiempo un cambio mental, emocional y hasta diría hormonal, me había generado la necesidad de irme, de alejarme, de dejar todo ahí... Dejar todo ahí por algún motivo de todos los que me habían taladrado durante ese año.
Por algún motivo, todo lo que me había taladrado ese año, me generó la necesidad de mandarle un mensaje un año después.
Fue raro. Cuando terminé de mandar el mensaje, continué con mi cerveza y seguí charlando, como si nada pasara, como si todo hubiese pasado. Y alguien me avisó que mi celular hacía luces. Lo abrí creyendo que me encontraría con alguna respuesta. Alguna respuesta negativa, positiva. Una mandada a la mierda, quizás. O alguna forma sutil de decirme que no o incluso que sí. Pero, no. Me encontré con que estaba recibiendo una llamada. Sin dudarlo, atendí. El ruido del lugar entorpecía un poco la conversación, pero lo importante se entendió. Corté, terminé mi cerveza, saludé y me fui del bar sin dar ninguna explicación a ninguno de mis amigos que habían ido conmigo.
Entre gente que iba y gente que venía..., tumulto de juventudes que se dispersaban por la avenida principal de esta pequeña ciudad, nos encontramos, nos saludamos y nos fuimos a su casa, a su pieza, a su cama. Y entre cigarrillos de tabaco y otros de marihuana, hicimos el amor una vez más. No sé si sabiendo que sería una noche fugaz, no sé si intentando que fuera un reencuentro o si entendiendo que no sería más que una explicación corporal a mi desaparición. Terminamos en un abrazo y nos dormimos, juntos, una vez más...
Pero así como volví, me fui. Y un mes después, ya había desaparecido nuevamente de su vida. Desaparecido hasta donde las circunstancias me lo permitían.
Lo que él no sabe es que nunca perdió el tren. Sino que ese era sólo un tren de carga.